Disfraces terribles, de Elia Barceló

Disfraces terribles

Disfraces terribles

Elia Barceló ha conseguido mantener una voz propia entre toda la maraña de géneros que ha tocado en su trayectoria literaria. Ciencia ficción, fantástico, terror, novela negra, relato infantil y juvenil… En ese sentido, cabe resaltar El vuelo del hipogrifo, que fue considerada el arranque de la roman fussion en castellano por su amalgama de registros y géneros. De ese punto de encuentro, Elia extrajo una novela cosmopolita y europeísta, basada en los personajes, en tramas detectivescas y en elementos fantásticos. Disfraces terribles, el presente libro, se inscribe en esa trayectoria, aunque con un resultado más homogéneo e integrado que aquel volumen.

La obra nos cuenta la peripecia de Ari, un joven filólogo, que comienza a redactar la biografía de Raúl de la Torre, un brillante escritor argentino de la segunda mitad del siglo XX; y por ello se traslada a Paris y empieza a entrevistarse con sus allegados.

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Mystes, de Víctor Conde

Mystes

Mystes

¿Qué ofrece Víctor Conde al lector que se asoma a cualquiera de sus obras? Imaginación a raudales, acción desbocada, conceptos a priori inconcebibles encarnados en mundos, en sociedades, en personajes y en gadgets que no resultan tan inverosímiles tras pasar por sus manos. Conde no pretende engañar en ningún momento al lector. Le propone un pacto sincero para que se relaje, disfrute y se divierta con el espectáculo aunque, eso sí, le exige un mínimo de preparación: conocer los lugares comunes del space opera, abrir la tapa del libro con la mente abierta y aceptar la propuesta que conlleva. Pero no acostumbra a esperar a que le den permiso ni a que el lector haya cerrado su equipaje y se haya enfundado en su traje espacial. Lo agarra por el cuello al más mínimo descuido y lo arrastra a través del espacio y el tiempo en una vorágine de imágenes que cortan la respiración. Quede usted avisado: el viaje es vertiginoso y podría llegar a marearse.

Víctor Conde reúne las condiciones ideales para llegar muy lejos en este oficio: juventud, talento, frescura, ambición, desparpajo e ideas bien claras. Desde sus inicios ha adoptado la esencia del space opera, subgénero donde resulta difícil innovar, dinamizándolo con un estilo que mezcla el uso de la palabra precisa que preconizaba Flaubert con el relativismo, tanto cultural como einsteiniano; y no tiene problemas para tomar prestadas estructuras narrativas de otras disciplinas como el cine, la televisión y el cómic. Quizá las características más llamativas de su formación interdisciplinaria sea la imaginería visual que despliega en sus cuentos y novelas, deudora a partes iguales del viejo pulp como de la moderna composición visual a lo Matrix; y un ritmo que adopta pautas del género cinematográfico. Pero, en el fondo, sus novelas son una reescritura de los temas fundamentales del ser humano narradas sin la rigidez de las convenciones del género que lastran a otros –menos jóvenes– autores, sazonadas con el sabor y la frescura de lo nuevo, como si nos presentase a alguien cuya cara nos recordase a un querido viejo amigo. Con esa habilidad, Víctor Conde elude su catalogación para trascender las etiquetas del género –¿alguien estaba pensando erróneamente en nombrarlo abanderado de la new weird en España? No, él evita el encasillamiento, pero quizá estemos ante el artífice de lo que, según un buen amigo y especialista del género ha bautizado como “posmodernismo psicodélico cuántico”. Ése es Víctor Conde–.

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Sayonara Bar, de Susan Barker

Creo que la experiencia de vivir en otro país me ayudó a convertirme en escritora por varios motivos, entre ellos la sensación de dislocación cultural que sufría. En Japón dejé de ver la tele porque no entendía nada, costumbre que conservo hasta el día de hoy; salía, me sentaba en alguna cafetería y escribía. Podía desconectar de lo que decía la gente a mi alrededor porque era siempre en otro idioma. Esa sensación de aislamiento me acompañaba a todas partes en Japón; opino que cuanto más capaz sea uno de aislarse del mundo real, más intensamente vívidos serán los mundos imaginarios que cree.

Susan Barker, entrevista en 3ammagazine.com

Sayonara Bar

Sayonara Bar

Hay novelas que nacen con estrella y otras que nacen estrelladas. Algo así debió de pensar la británica Susan Barker (1978) cuando vio la trayectoria ascendente de su debut literario, Tsunami Bar, truncada por la epónima catástrofe natural que asoló las costas asiáticas en Navidad de 2004. A raíz de la tragedia sus editores decidieron echar el freno de mano, recuperar el manuscrito que había sido la comidilla de la Feria del Libro de Francfort meses antes, trasquilarlo para eliminar cualquier posible referencia «delicada» a las olas gigantes y poner Tsunami Bar finalmente a la venta transmutado en Sayonara Bar. A la vista del resultado final, supongo que la tijera no se llevó por delante nada crucial, o resultaría beneficiosa incluso, puesto que la ópera prima de Barker desprende frescura y vitalidad por todos sus poros, amén de un pulso estilístico impropio de una principiante en esto de juntar letras.

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Leyes de mercado, de Richard Morgan

Leyes de mercado

Leyes de mercado

En el número de septiembre de la revista Qué leer, el excelente biógrafo Miguel Dalmau escribe un artículo de opinión en el que carga contra lo que él considera una carencia significativa en la literatura española reciente:

Uno de los rasgos más lamentables de la literatura actual es el descrédito del argumento. Es decir, el desinterés o incapacidad de los autores para plantear una historia que sea mínimamente original. En mis tiempos, los lectores caíamos deslumbrados ante los cuentos de Borges o Cortázar, no solo por la calidad de la prosa, sino por lo insólito de la trama… Y otro tanto ocurría con Orwell, Kafka, Calvino, Grass, Bradbury, Dick, etcétera. ¿Qué ha ocurrido pues para que la invención literaria haya caído en desuso? ¿Por qué ya no hay grandes argumentos?

A continuación, el escritor apuesta por una serie de motivos más que evidentes y propone como posible comienzo de solución, entre otras cosas, dirigir la mirada hacia la actual literatura anglosajona. En parte estoy de acuerdo con él, aunque creo que Dalmau comete el error de buscar en la dirección equivocada, olvidándose de la literatura de género. Entre lo más sobresaliente de La sombra del viento figuran argumento y trama, afirmación también válida para La piel fría. En el mismo orden de cosas, a los ejemplos a seguir que menciona, tales como Martin Amis, Kazuo Ishiguro, Julian Barnes y demás miembros del British Dream Team, se le olvida añadir los de la plétora de escritores de ciencia ficción que en estos momentos están desarrollando en las islas británicas una narrativa extraordinariamente imaginativa tanto en lo conceptual como en lo estilístico.

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