La lluvia amarilla, de Julio Llamazares

La lluvia amarilla

El agua se aprende por la sed.
(…)
El Amor, por el Hueco de la Memoria—
Los Pájaros, por la Nieve.
Emily Dickinson

El poeta Rafael Banegas fue muy claro, cuando, sentados, una tarde de hace poco, en una terraza, me dijo: si te gusta Cormac McCarthy, te gustará este libro. Y el libro al que se refería era La lluvia amarilla de Julio Llamazares, y por su aire de abandono y por esa atmósfera de huida, por la ruina y por la absoluta soledad sin esperanza, tenía toda la razón del universo.

Evocadora, fascinante, lúgubre, se acaba de reeditar en Austral, en tapa dura, con un prólogo, casi como no podría ser de otra manera, de Jesús Carrasco, esta novela que te dura nada en las manos y que ojalá tuviese más lectores, algo más de repercusión de lo que ha tenido hasta ahora y que a ver si esta reedición contribuye a que la novela se encuadre por fin entre los reconocidos clásicos de la narrativa de los años ochenta.

Ya la misma apertura de La lluvia amarilla, es decir, la primera frase, recuerda y es comparable al inicio del Pedro Páramo de Juan Rulfo y al de Volverás a Región de Juan Benet. Así de contundente, de sugestiva, es esa puerta que se entreabre al despoblado de Ainielle. Son, las tres, menciones encantadas a lugares específicos que por algún motivo, ya en esas aperturas, resuenan míticos, ancestrales. Todos fantasmáticos. El caso es que la Ainielle (oscense) de Llamazares, a diferencia de la Comala rulfiana y de la brumosa invención regionata de Benet, existe.

La fascinación por llegar, implica, por necesidad, la idea de viaje, de un largo regreso del que quedamos, por otro lado, excluidos en esas narraciones. Así como en las novelas de Rulfo y de Benet sí que hay un retorno y lo que leemos, entre otras cosas, es la fatiga del viajero que vuelve, aquí, en La lluvia amarilla, en cambio, lo que se novela no es ese retorno –aunque lo pueda parecer al principio– sino la negativa a marcharse. La ratificación de un lugar. La constatación de su inmovilidad. No hay retorno porque la voz que narra nunca quiso salir, y sólo nos queda su duro juicio a los que sí se fueron. Al entrar en la novela llegamos a Ainielle, pero en Ainielle no hay nadie. Nada. Sólo pasado.

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Ogros, de Adrian Tchaikovsky

OgrosTengo asociado el uso de la segunda persona a los libros de elige tu propia aventura. Tanto que, si me pongo a leer un relato escrito así y al dar la vuelta a la página no se mencionan a los señores del Kai o aparece alguna instrucción para saltar a otro capítulo, me siento fuera de lugar. Este sesgo agrava peros tradicionales como el sentirse continuamente interpelado, cuando no instruido, por un narrador que te llama todo el rato y te hace preguntarte más que otras voces por qué el autor eligió contar la historia así. Ha dado la casualidad que recientemente he leído dos historias que acuden a ella preocupándose de asentar esta elección. La primera es “Canción mortal de Indiana“, de Max Booth III, de la que escribiré por aquí. La otra es este Ogros, traducido por Cristina Macía para la colección Freder, de Plan B/Dolmen. Una serie de libros que casi parecen haberse publicado en la clandestinidad.

La novela corta mantiene obvios vínculos con otros títulos de Adrian Tchaikovsky. Para empezar, junto a Ironclads y Firewalkers forma parte de la secuencia Revolutions. Historias inéditas hasta el momento en castellano, sin conexión argumental pero con una temática común centrada en el alzamiento contra regímenes opresivos y desiguales en escenarios de ciencia ficción. También comparte con Linaje ancestral la pérdida/supresión de la historia pasada como herramienta de desarraigo y control, y la recuperación de ese bagaje perdido. En este caso para terminar reproduciendo comportamientos, algo alimentado a través de ese narrador que apela incesantemente al lector, imbuido en la piel de un personaje convertido en un paria y empujado a ser el Neo en este mundo poblado de medianos y gigantes.

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El pueblo de los malditos, de John Wyndham

El pueblo de los malditosRunas parecía decidida a recuperar las grandes obras de John Wyndham con nuevas traducciones. Inexplicablemente, después de cuatro títulos, se quedó sin editar la guinda, la novela que mejor se mantiene a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación original (1957) y más ha calado en la cultura popular. Entre otros formatos, dan fe las dos adaptaciones al cine dirigidas por Wolf Rilla (1960) y John Carpenter (1995). Ha tenido que ser RBA quien por sorpresa recuperara Midwich Cuckoos con la referencia de ambos filmes en su cubierta: El pueblo de los malditos. Además con una nueva traducción de Natalia Cervera que actualiza el texto a los estándares de edición más exigentes y clava el minucioso estilo expositivo de Wyndham. El gran clásico de la ficción apocalíptica británica cuya manera de sumirse en lo catastrófico era tan idiosincrásica que terminó llevando a Brian Aldiss a etiquetarlo de cosy catastrophe (catástrofe íntima/acogedora).

Todo empieza con el regreso del narrador y su mujer a Midwich tras haber celebrado su cumpleaños en Londres. Al llegar se encuentran la carretera cortada. Toman una vía alternativa y se dan de bruces con una situación espeluznante: al entrar dentro de unos límites concretos, se pierde el sentido, algo que termina ocurriéndoles a ellos. Ahí la novela pasa a contar lo que sucedía en Midwich en los momentos previos a ese fenómeno. Lo experimentado por las gentes en el meollo de un acontecimiento inexplicable que desaparece como llegó, dejando a (casi) todas las mujeres en edad de procrear embarazadas. Este fenómeno comunal se ve redondeado nueve meses más tarde cuando los alrededor de sesenta partos sincronizados dan a luz a niños y niñas con las mismas características: unos ojos dorados, pelo rubio apagado… y un influjo formidable sobre las personas a su alrededor.

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Crímenes reales, de Samantha Kolesnik

Crímenes realesLa fascinación por el true crime lleva años entre nosotros. Las series (pseudo)documentales, los programas con reconstrucciones, los podcasts, la literatura construida a su alrededor, no parecen dar síntomas de agotamiento. Me he acercado a algunos, sobre todo en los orígenes de la ola en las plataformas (The Jinx, Making a Murderer, Asesinato en León, Cómo cazar a un monstruo…), pero en general me he mantenido a una distancia prudencial. La faceta dramática impuesta en el “montaje” y el inevitable sensacionalismo imprimen connotaciones pop a sucesos atroces y tiñen la dimensión emocional y humana con carices más incómodos, si cabe. Una vertiente sobre lo cual Samantha Kolesnik ha construido esta novela corta, traducida por Shaila Correa.

Su inicio es desagradable. En primera persona Suzy, una adolescente, cuenta lo que es la convivencia con su madre y Lim, su hermano, mientras padece de la primera todo tipo de malos tratos, abusos sexuales incluidos. Kolesnik no ahorra en detalles al representar esta dinámica iniciada en su infancia y desencadena pronto la respuesta por parte de ambos, en una explosión que les lleva a matar a su madre e iniciar una huida que termina con él en la cárcel y ella entregada a una familia adoptiva.

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Beso negro. Brujería, cine y cultura pop, de Elisa McCausland y Diego Salgado

Beso negroMenudas miradas recibía en el cercanías mientras leía Beso negro. Entre el título y la imagen de cubierta no es complicado imaginarse las posibles ideas que pasaban por las cabezas de los bienpensantes atraídos por su aspecto. Supongo que si aguzaban un poco la vista y atisbaban el subtítulo (“Brujería, cine y cultura pop”) es posible que se evaporara su preocupación. Pero si no, el vuelo imaginativo sobre a quién habría vendido mi alma y los rituales para afirmar mi servidumbre les llevaría por cotas elevadas y, para qué negarlo, un tanto trilladas; justo los terrenos que Elisa McCausland y Diego Salgado se preocupan de no pisar. Como se pudo ver en Supernovas, en este ensayo afrontan una visión global del tema central (los brujos y brujas y su arte), desde la historia y las diferentes manifestaciones de la cultura popular. Fundamentalmente cine y literatura, pero con ocasionales incursiones en el cómic, los videojuegos, las nuevas formas de comunciación (TikTok)…

Su tratamiento es sobre todo extensivo; abarcan todo el paisaje sin abundar en palabras huecas. Describen cada noción relacionada con el tema desde una elevada densidad conceptual que me ha requerido pausas antes de pasar a la siguiente andanada. En ese sentido, Beso negro es todo huesos y músculo, sin un gramo de grasa, puro aparato locomotor focalizado en trazar un panorama total; tanto un estudio de la evolución de la brujería hasta la actualidad como una cartografía del fenómeno. Un tapiz a partir del cual uno puede apoyarse para profundizar en el tema rastreando cualquiera de los hilos que incorporan.

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Sobre la expresión ‘el fantástico’

Otra vuelta de tuerca

Iba a empezar este apunte parafraseando el conocido cuento de Raymond Carver para que quedase en “De qué hablamos cuando hablamos del fantástico”, pero luego me ha parecido que era un gesto demasiado evidente, un poco fácil y esperable la variación, así que al final he optado por este título, simple y explicativo.

Esto, de todos modos, más que un texto, es una sensación de perplejidad, la traducción verbal de un pasmo que no me explico –y que hace años que arrastro– por el frecuente uso de una expresión a mi juicio tan inexacta y equivocada, imprecisa y excluyente, como la de ‘el fantástico’. Es, por decirlo sencillamente, algo que nunca he entendido. No juzgo a quien la usa, qué voy a juzgar –al fin y al cabo, si alguien quiere usar la expresión ‘el fantástico’, que la use, sólo faltaría– pero realmente no entiendo por qué se usa ni creo que al usarla le estemos haciendo ningún favor a nadie. Entiendo su significado (sólo) porque estoy familiarizado con lo que abarca, pero no entiendo su uso, y lo que critico es su inexactitud y sobre todo su carácter excluyente.

Trataré de explicarme.

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Donde yo termino, de Sophie White

Donde yo terminoLa maternidad es uno de los muchos pivotes de la literatura de terror, más desde que el horror corporal ha colonizado la atención del público. Ejemplos hay incontables pero me resulta complicado de encontrar uno más polisémico que este Donde yo termino, de Sophie White. Una novela cuyo terror surge de algo tan cotidiano y socialmente elevador como el cuidado; de tus descendientes o los progenitores cuando no pueden valerse por si mismos, pero también de tus semejantes en una sociedad incapaz de protegerles y con un potencial para producir sufrimiento equivalente al de las personas.

La narradora de Donde yo termino es una joven, Aoileann, que relata cómo se ocupa de su madre. Por un motivo que tardará en descubrir, quedó atrapada en un estado próximo a la muerte en vida y necesita de la atención diaria de Aoileann y su abuela. Esta rutina, cómo ambas se encargan de su higiene, sus curas, su alimentación, adecentarla para las visitas del padre, se describe desde una obsesión por el detalle que dificulta mantener la mirada. Los primeros capítulos son una ordalía constante donde la narradora cuenta un ritual con un registro que no deja resquicios a la duda sobre su desagrado. Cada adjetivo, cada símil, cada imagen, entra en el plano de lo desagradable sin un atisbo de cariño. Basta decir que en su relato, su madre es “la cosa”. Desde que tiene recuerdos vive atrapada en ese purgatorio y la caldera de su mente acumula presión que sale con pequeñas manifestaciones de crueldad; psicológicas pero también físicas. Bolas de nieve que echan a rodar por la ladera y plantan las primeras reverberaciones de una resonancia cuyas consecuencias cuesta prever en estas primeras páginas.

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Capitán Veneno, de Álvaro “Corazón Rural”

Capitán VenenoMucho se ha demorado la publicación del cuarto Héroes y Villanos, desconozco si por la dificultad de encontrar textos a la altura de la propuesta o una recepción tibia por parte del público. El hecho es que pasaron tres años desde la aparición de Romanones a finales de 2022 hasta la publicación de Capitán Veneno, el libro centrado en Gonzalo de Aguilera Munro, un personaje extravagante que se encargó de llevar a la prensa extranjera por el territorio controlado por las tropas golpistas en la Guerra Civil. En esta labor se caracterizó por declaraciones abracadabrantes, justificando las atrocidades cometidas en pro de limpiar España, como si estuviera de campaña para COZ

Tenemos que matar; matar y matar; ¿sabe usted? Son como animales, ¿sabe?, y no cabe esperar que se libren del virus del bolchevismo. Al fin y al cabo, ratas y piojos son los portadores de la peste. Ahora espero que comprenda usted qué es lo que entendemos por regeneración de España… Nuestro programa consiste… en exterminar un tercio de la población masculina de España. Con eso se limpiaría el país y nos desharíamos del proletariado. Además también es conveniente desde el punto de vista económico. No volverá a haber desempleo en España, ¿se da cuenta?.

Los exabruptos, incluyendo amenazas a periodistas que le acompañaban en sus viajes, se combinaban con un indudable carisma al que contribuían su poder seductor en el trato y la audacia de ciertas acciones, caso de su paso por ciudades detrás de las líneas enemigas antes de que las tropas de su bando hubieran entrado en ellas. Todo ello forma parte del retrato inicial que Álvaro “Corazón Rural” hace en Capitán Veneno. Una indagación en una existencia sobre todo recordada por citas como la que he recogido o la manera en la que terminó sus días en un sanatorio mental después de haber asesinado a sus dos hijos.

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No temas a la parca, de Stephen Graham Jones

No temas a la parcaHe demorado la lectura de No temas a la parca tras la pequeña decepción de Mi corazón es una motosierra; una novela alejada de las cualidades de El único indio bueno, demasiado sostenida en su primera mitad sobre la ironía de uno de sus dos narradores. Este tono terminó por cargarme hasta el punto que, a pesar de la corrección del rumbo, dejó mi valoración en un simple bien. De ahí mi recelo, realimentado con sus propios fantasmas (esa extensión generosa, la promesa de repetir coordenadas de Mi corazón es una motosierra). Sin embargo, desde sus primeras páginas Jones acierta a imprimir su propia identidad a No temas a la parca. Un slasher apenas sin inclusiones de otro tipo que parece escrito para leerse en tiempo real.

Toda la novela transcurre en el mismo lugar narrativo, Proofrock, (el pueblo, el lago, la urbanización en construcción, el bosque) durante una noche invernal con tormenta de nieve. Un asesino en serie, Molino Oscuro Sur, ha escapado del furgón que lo estaba transportando y se ensaña con una serie de adolescentes que habían sobrevivido a la matanza al final de Mi corazón es una motosierra. De entre las víctimas de aquella aciaga proyección de Tiburón sobre el lago un cuatro de julio surgen también quienes dan un paso al frente para encontrarlo y terminar con él; sobre todo Letha Mondragón y Jade Daniels. La primera, ahora madre de un bebé, se ve obligada a recomponer la relación con Jade por la vía rápida ya que reaparece en su vida con la irrupción de Molino Oscuro Sur. Mientras, esta tiene que quitarse el sambenito del calvario judicial de los últimos años, sin llegar a librarse de las sospechas sobre su implicación en la masacre, en particular la muerte de su padre. Jade ha llevado a “normalizar” su comportamiento, alejándose de esa interpretación de su vida en clave de cultura popular. Hasta que los cadáveres empiezan a aparecer. A lo grande.

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El efecto práctica, de David Brin

El efecto prácticaA raíz del fallecimiento de Ian Watson recordé por aquí su manera de escribir a través de “Pájaros lentos”. En poco más de veinte páginas, el autor de Incrustados sometía al lector a un viaje vertiginoso por toda una serie de ideas encadenadas, insospechadas cuando lo estás comenzando y todo parece una historia bucólica en un paisaje postapocalíptico. Los lugares por donde te lleva después, racional y emocionalmente, es uno de los motivos por los cuales la ciencia ficción me parece algo único y las narraciones breves su forma más prístina. Aunque en este formato, generalmente, no se apuesta tanto por el carrusel de ideas sino por una carga conceptual más concentrada. Ir más al pie del novum, la idea que vehicula el mundo de ficción y desencadenaría esa reflexión del lector sobre su propia realidad. El extrañamiento.

Esas ideas tienen un recorrido; una serie de situaciones desarrolladas a su alrededor y cuya precisión/certeza es clave para el sentido de la narración (y su disfrute). Pero no siempre son suficientes para sostener la extensión extra de una novela, siempre necesitada de capas de escenario, personajes, trama, giros, estilo que lleven la historia hasta validar esa entidad. Aquí, hay ocasiones en las cuales los escritores son conscientes que pueden andar escasos de parte de ellos y apuestan por explorar ese novum desde varios relatos; varios cuentos que ahonden en el potencial de la parte especulativa sin tener que exponerse a construir una integridad a su alrededor que puede dilapidar el poder transformador de la idea. Hay multitud de ejemplos, como lo realizado por Bob Shaw con el vidrio lento en Otros días, otros ojos. También hay muestras de lo contrario, como esta novela de David Brin. Su noción central me parece arrolladora. Pero una vez se conoce, el conjunto entra en la categoría “suena mejor contado que leído”.

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