A raíz del fallecimiento de Ian Watson recordé por aquí su manera de escribir a través de “Pájaros lentos”. En poco más de veinte páginas, el autor de Incrustados sometía al lector a un viaje vertiginoso por toda una serie de ideas encadenadas, insospechadas cuando lo estás comenzando y todo parece una historia bucólica en un paisaje postapocalíptico. Los lugares por donde te lleva después, racional y emocionalmente, es uno de los motivos por los cuales la ciencia ficción me parece algo único y las narraciones breves su forma más prístina. Aunque en este formato, generalmente, no se apuesta tanto por el carrusel de ideas sino por una carga conceptual más concentrada. Ir más al pie del novum, la idea que vehicula el mundo de ficción y desencadenaría esa reflexión del lector sobre su propia realidad. El extrañamiento.
Esas ideas tienen un recorrido; una serie de situaciones desarrolladas a su alrededor y cuya precisión/certeza es clave para el sentido de la narración (y su disfrute). Pero no siempre son suficientes para sostener la extensión extra de una novela, siempre necesitada de capas de escenario, personajes, trama, giros, estilo que lleven la historia hasta validar esa entidad. Aquí, hay ocasiones en las cuales los escritores son conscientes que pueden andar escasos de parte de ellos y apuestan por explorar ese novum desde varios relatos; varios cuentos que ahonden en el potencial de la parte especulativa sin tener que exponerse a construir una integridad a su alrededor que puede dilapidar el poder transformador de la idea. Hay multitud de ejemplos, como lo realizado por Bob Shaw con el vidrio lento en Otros días, otros ojos. También hay muestras de lo contrario, como esta novela de David Brin. Su noción central me parece arrolladora. Pero una vez se conoce, el conjunto entra en la categoría “suena mejor contado que leído”.








