En mayo de 2017, poco antes de empezar las alegres colaboraciones con C, envié a la Fancueva estas palabras sobre las memorias de Asimov. Adecentadas y pulidas esas páginas, las recupero ahora para que estén donde realmente tiene más sentido que estén.
Lo primero que sorprende al leer las memorias de Isaac Asimov, si no se sabe ya, es que el hombre estaba enamorado de sí mismo. Una verdadera historia de amor, la de este tipo. Pongamos ejemplos del romance: en el primer capítulo de Yo, Asimov (I. Asimov), nos dice que fue un niño prodigio, que tiene una memoria privilegiada, y que tiene una “mentalidad superior”. Esto en el primero de 166 capítulos. Por desgracia, Isaac Asimov no es un gran escritor (lo que por otra parte él sabía y, cosa rara, admitía). Descreía de la falsa modestia, y descreía de ella con militancia, y eso tiene una cualidad: cuando reconoce algún defecto, algún fallo de su personalidad, alguna mella en su talento, suena a verdad. Al lado de tanto y tan desmedido autoelogio, la autocrítica es balsámica y tiene la textura y la convicción de lo creíble. Resulta conmovedor, por ejemplo, ver la modestia con la que admite que en sus memorias, como en su vida, “no está pasando nada”.
Sus memorias se componen de pequeños capítulos, cada uno de los cuales representa un aspecto importante –importante para él– de su vida profesional o personal, y siguen un orden cronológico más o menos estricto. A veces, en algunos capítulos, como sería de esperar, se ve obligado a retroceder unas décadas para aclarar algún detalle relevante de lo que narra en tiempo presente, pero en general sigue el orden de su vida, tal como ha sido, desde su nacimiento en Rusia hasta su definitivo asentamiento en Manhattan. De todos modos, la estructura que vertebra y da forma a las casi seiscientas páginas del libro es su propio ego. Ese es el tronco principal de su historia, desde donde se ramifica, arborescente, todo lo demás. Eso no le impide reconocer, no obstante, que Harlan Ellison o Alfred Bester son, en su opinión, mejores escritores que él, o que nunca será considerado un gran, lo que se dice un gran, escritor, lo que de hecho ha ocurrido aquí, hace nada, en estos primeros párrafos de apertura.






Yōko Tawada vive en Alemania desde principios de los 80. Esta condición de emigrante separada de sus raíces ha quedado impresa en sus novelas de una u otra manera. 
