Tenemos que hacer algo, de Max Booth III

Tenemos que hacer algoUna alerta de tornados lleva a una familia a encerrarse en el lugar más seguro de su casa: el baño interior. La madre, el padre y los dos hijos se enfrentan a lo que parecen unas horas de pánico ante la incertidumbre de si serán golpeados por lo peor de la tormenta. Pero va a ser más tiempo: un árbol cae sobre la casa y bloquea la única salida dejándoles incomunicados, sin comida y bien cargaditos de conflictos sin resolver; entre ellos y con ese mundo del que han sido separados de manera abrupta.

De los cuatro, Max Booth III se acerca sobre todo a Mel, la hija mayor. Es a través de su mirada y su bagaje mediante los cuales se observa ese espacio exiguo atestado por cuatro personas, condenadas a chocar en una incesante partida de billar sin troneras con disparadores como el alcoholismo del padre, el conformismo de la madre, la inocencia de un niño para el cual todo es un juego y una adolescente enamorada de una compañera en un lugar donde la homofobia es parte del menú. Los secretos no dejarán de acechar y saltar en ese espacio liminal convertido en un lugar que habitar, dispuesto a ser humanizado a golpe de incomprensión, ataques personales, amagos de reconciliaciones… En su revoloteo continuo alrededor del trauma , además de la hiel, Booth III deja márgenes para la ternura incluso en el comportamiento del padre. Fogonazos de cercanía y cariño que ayudan a entender por qué han seguido juntos.

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A Masterpiece in Disarray. David Lynch’s Dune: An Oral History, de Max Evry

A Masterpiece in DisarrayEra inevitable que con el estreno del Dune de Villeneuve hubiera un cierto revival del Dune de David Lynch, más con tantas personas que la vieron en su niñez-adolescencia ocupando lugares relevantes en el periodismo cultural y esa legión de espectadores de la Generación X aupados a la categoría de ávidos consumidores de nostalgia pop. Muestra de este renovado interés es esta historia oral focalizada, sobre todo, en los testimonios de quienes han sobrevivido a estos cuarenta años desde su estreno para relatar sus recuerdos: la dilatada preproducción, la compleja producción en México, la caótica postproducción aquejada por la falta de presupuesto, y la recepción. Sobre todo lo que desean traer a colación.

Este matiz es importante. Cuatro décadas se dejan sentir sobre la memoria, más sobre una película dirigida por una personalidad tan apreciada a estas alturas como Lynch. Así, parte de ese encadenamiento de vivencias contadas por quienes las vivieron, sin reformulación o con mínimos cambios por parte de Max Evry, termina siendo una celebración de su figura. El talento que había mostrado en sus films previos; su implicación sin concesiones en una película que, de haber salido bien, seguramente habría cambiado su carrera posterior; cómo fue capaz de sobrellevar la presión durante un rodaje lleno de vericuetos en México, incluyendo unas últimas semanas en las que se acabó el presupuesto y hubo que prescindir de parte del guión; una postproducción condicionada por esa carencia de pasta que limitó los efectos especiales a aplicar; una fase de montaje donde se pasó de las más de tres horas de una primera versión hecha por Lynch a las poco más de dos horas ejecutadas por la gente de la Universal que se implicó en su “salvación”…

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Zangetsuki. Crónicas de la Luna, de Masakuni Oda

ZangetsukiRecientemente he vuelto a El año que vivimos peligrosamente. Entre toda su memorable presencia, hay una frase de Billy Kwan, el personaje interpretado por Linda Hunt, que me viene como anillo al dedo para introducir Zangetsuki. Crónicas de la Luna. Viene a decir que en los argumentos que plantean las historias que nos contamos en occidente siempre esperamos un cierre, una respuesta clara. En el wayang kulit (teatro indionesio de sombras), sin embargo, no hay conclusión. Esta falta de desenlace meridiano, la posibilidad de dejar una historia sin un posicionamiento del narrador, en suspenso, sin atar del todo, es una de las característica de muchos relatos orientales (y occidentales) que más nos cuesta aceptar al común de los espectadores cuando nos damos de bruces con algo así. Zangetsuki se puede considerar en parte como un caso práctico de cómo salir bien parado de una propuesta así. Lamentablemente, Masakuni Oda también da pie a los horrores de todo lo contrario: los monstruos narrativos que emergen de un entramado que se preocupa de no dejar el menor espacio para la duda. El mazazo de estrellarse contra una propuesta de una literalidad extrema.

Estas dos facetas se encuentran en Zangetsuki. Crónicas de la Luna porque en su interior se presentan tres narraciones. Algo que la edición de Minotauro no menciona por ningún lado (ni siquiera incluye un índice). Las dos primeras, “Y entonces la Luna dio la espalda” y “La piedra del paisaje lunar”, son dos novelas cortas. La última, “Crónica de Zangetsu”, es una novela con todas las de la ley. Entre ellas hay alguna conexión mínima, sobre todo la proverbial influencia de la Luna sobre el comportamiento humano; una suerte de licantropía a la que Oda imprime cualidades diferentes en cada historia que dan vuelo al cliché. De hecho, en las dos novelas cortas acierta a alejarlo del terreno trillado para urdir unos retornos atractivos, en su poder simbólico y en su manifestación a pie de suelo.

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El efecto performativo de la ciencia ficción. Consultoría y conclusiones (5 de 5)

Ponentes cyberpunk

Algunas empresas llevan tomando nota del potencial de estos «futuristas racionales profesionales» que son los creadores de cf y unos cuantos en los últimos años han conseguido mayores ingresos en tareas de consultoría que con su trabajo creativo. Ya en 1990, en una entrevista que hice a Pat Cadigan, me reconoció que esa parcela suponía un porcentaje creciente de su trabajo, y su tarjeta profesional la presentaba como «escritora – futurista». Cadigan no ha publicado ninguna novela original ni colecciones de cuentos desde 1995, pero estuvo por ejemplo en 2015 ofreciendo una conferencia en la Fundación Movistar de Madrid.

William Gibson, el considerado padre del movimiento ciberpunk con su novela Neuromante, se dedica hoy casi de manera primordial a dar conferencias y ofrecer servicios de consultoría. El otro gran autor del subgénero, Bruce Sterling, ha reconocido que disfruta tanto en su labor como «asesor futurista» como en la literaria, ya que la consultoría le permite «influir en discusiones sobre innovación y dirección tecnológica de manera directa y práctica».

PriceWaterhouse Cooper hizo público en 2018 un estudio titulado «Using Science Fiction to explore business innovation». Kim Stanley Robinson, Alastair Reynolds, Tim Maughan o el ya varias veces mencionado Neal Stephenson son otros autores en activo que colaboran con think tanks o empresas, si bien los prejuicios que todavía rodean al género hacen que sus actividades no siempre se hagan públicas.

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Guardians of the Phoenix, de Eric Brown

Guardians of the PhoenixDescubrí a Eric Brown por un libro de cuentos de terror y ciencia ficción –el creo que aún por traducir Ghostwriting– y pronto fui a la misma librería a por más. Uno de los cuentos, de esas incursiones en el terror y la ciencia ficción tan bien soldadas, imaginaba la posibilidad de estar vivo y muerto a la vez en una unión de contrarios que haría las delicias de Octavio Paz. Al ver, pues, de lo que era capaz el autor, me puse, como digo, a buscar, y vi que en su bibliografía había una novela postapocalíptica –subgénero de mi predilección, diría– y me llevé esta Guardians of the Phoenix que es pura gracia y sorpresa y delicia sin fin.

Vamos a ver. ¿Qué tenemos por aquí? Pues una novela postapocalíptica europea, de arrasado escenario parisino, en la que vemos salvajismo y crueldad en forma de unos personajes influidos yo diría que por Cormac McCarthy y Frank Herbert. Tenemos una Europa reseca, inerte, expuesta en un subgénero comúnmente dominado por la geografía y el imaginario estadounidense, lo cual es ya un giro interesante, curioseante, para los aficionados. En ese sentido, Guardians of the Phoenix es una de las más destacables novelas, sin duda, de este siglo que avanza.

Con sus tres ejes principales: Copenhague, París y Bilbao. En la novela, o el relato, postapocalíptico, hay escenarios limitados: está el nevado, está el arrasado o quemado y ceniciento, está el de la vegetación desatada, está el inundado, y está, como el de esta novela más o menos reciente, el desertificado. Todo está cubierto de arena, ya desde una apertura que es una maravilla; y cómo llena de extrañeza y espanto la visión tan común de la torre Eiffel de París. Reimagina y por tanto resignifica un imaginario conocido, mundialmente icónico, hasta dejarlo en algo carente de significado, en un lugar donde, con suerte, encontrar unas lagartijas para comer. Murciélagos para estofar. El escenario postapocalíptico reconfigura el tópico, le da la vuelta, le arranca nuevos impulsos significantes, respeta al público lector por querer llevar las cosas un poco más allá de lo esperado, de lo ya sabido desde siempre, y amplía el alcance del género.

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El efecto performativo de la ciencia ficción. La huella en la opinión pública (4 de 5)

Hal 9000

Al igual que el pequeño Asimov, espectadores y lectores de todo el mundo han ido conformando una visión apriorística de ciertos adelantos científicos basada en obras de cf. La opinión pública está más impregnada de cf de lo que se podría imaginar: mira ahora la llegada de la IA recordando al Hal 9000 de 2001, una odisea del espacio, o a la guerra humanos-máquinas de Terminator. De hecho, la desconfianza del género viene de mucho más atrás. Recomiendo disfrutar las apenas veinte líneas de uno de los relatos más famosos de Fredric Brown.

En este apartado, de nuevo hay que citar a Isaac Asimov, que ya en 1942 enunció las tres leyes de la robótica como vehículo para contener la mayor fuerza e inteligencia potencial de las máquinas. Pese a la admiración por la otra gran obra de Asimov (Fundación) de todos los tecnoligarcas, raramente han manifestado su intención de utilizar barreras éticas similares a las tres leyes (luego cuatro) asimovianas para la IA, algo que sí ha hecho un grupo de investigadores con una ONG llamada Law Zero.

Sobre cómo la opinión pública está impregnada de la cf debo mencionar una anécdota personal. En 1996, el anuncio del nacimiento de la oveja Dolly, el primer mamífero clonado, se produjo cuando trabajaba en la sección de Sociedad de un periódico de tirada nacional. Para mi desconcierto, pese a ser entonces ya un aficionado al género, la respuesta más frecuente que produjo el anuncio fue la de preguntarse si se podría clonar a Adolf Hitler. No a Jesucristo, Albert Einstein o Marilyn Monroe, sino repetidamente Hitler. El origen de esa fijación, más allá de la ley de Godwin, que ya había sido enunciada por entonces, estaba en unas ficciones no tan populares: la novela Los niños del Brasil, de Ira Levin, que Franklin Schaffner adaptó al cine en 1978 con un estelar reparto de veteranos.

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Un lugar soleado para gente sombría, de Mariana Enríquez

Un lugar soleado para gente sombríaTras la grata impresión de Nuestra parte de noche, he tardado en regresar a Mariana Enríquez. Sin otra novela reciente que degustar, no tenía el ánimo para su manera de enfocar los relatos. Nada en contra de esa narración en primera persona a través de una mujer involucrada hasta las trancas en un deslizamiento hacia lo fantástico y la consiguiente perspectiva feminista, siempre variada respecto a la ya vista en las historias previas o la que llegará en las siguientes. Pero sí una cierta pereza ante relatos construidos más sobre la atmósfera y la sugerencia, reacios a concluir con una resolución franca. Cosas de mi estado actual frente a la lectura de cuentos, pero también una consecuencia de cómo afronto una colección, quizás sin la debida reflexión tras cada uno, con la sensación en algunos de haber sido cerrados sin terminar de perfilar su sentido.

Sin embargo, ha sido ponerme con Un lugar soleado para gente sombría y disfrutar de la lectura. Una compañera de la tertulia de Santander definía el libro como una sucesión de historias contada una noche de pijamas por gente de mediana edad con el crepúsculo de sus vidas asomándose desde el horizonte. Narraciones de terror lanzadas para proyectar algunos de los miedos más cotidianos de este momento vital: los pecados del pasado (personales, familiares, históricos), el decaimiento del cuerpo, la eterna crisis económica (Argentina)… En su mayoría cuadran el círculo de combinar todo ello sin que se sienta gratuito. Ahí encuentro los que más me han gustado.

En esa lista figura bien alto “Mis muertos tristes”, una posición refrendada por su lugar en el libro: la apertura. Con un aire a fantasmagoría, está protagonizado por una mujer que continúa en su piso después que su madre muriera de cáncer allí; su fantasma la acompaña como lo hacen los de otros muertos en una barriada popular, cercada por la precariedad y una violencia que mantiene a sus habitantes en estado de alerta. Las historias de esa vida asediada por los miedos de nuestro mundo en convivencia con los espantos del que viene después, se encadenan en un testimonio bien tramado que, además, se enhebra en un crescendo en el que no hay atisbo de resolución. Tampoco se echa en falta. En un puñado de páginas, Enríquez ha esbozado temores que ponen en solfa a los vivos y que la narradora sobrelleva con la entereza de saber que poco puede hacer para librarse, más que seguir adelante dejándose mecer por ellos.

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El efecto performativo de la ciencia ficción. Influencia en la geopolítica (3 de 5)

El problema de los tres cuerpos

Los tres volúmenes de El recuerdo del pasado de la Tierra aparecieron en China entre 2006 y 2010, se tradujeron al inglés entre 2014 y 2016, y al español entre 2016 y 2018. Netflix estrenó en 2024 una primera temporada de una adaptación, mientras que en China se hizo otra de 30 episodios un año antes.

Barack Obama, Elon Musk, Neil de Grasse Tyson, Mark Zuckerberg o George R. R. Martin están entre las innumerables celebridades que se han deshecho en elogios sobre estos volúmenes repletos de ideas originales, y que presentan, como señaló su traductor al inglés (y excelente escritor) Ken Liu, «el peor de los universos posibles».

La trilogía de Cixin Liu difícilmente tendrá un recorrido performativo a causa del núcleo de su argumento, más bien abstracto: la incognoscibilidad del universo, del que prácticamente sólo se puede decir que hostil. Un tema que ha sido tratado de forma contundente por autores de países antes comunistas (con obras maestras como Solaris o El invencible del polaco Stanislaw Lem, o Picnic junto al camino de los hermanos Strugatski, rusos), pero que siempre le ha costado manejar a la cf estadounidense, de corte por lo general más triunfalista y confiada en las posibilidades de la humanidad.

Sin embargo, la relevancia de esta trilogía va por otro camino: los protagonistas, y quienes parecen más capacitados con diferencia para dar respuesta a los retos planteados en la trama, son chinos. El futuro de El problema de los tres cuerpos está liderado por China. En la narración siempre se responde a las dificultades con una combinación de colectivismo y elección para el liderazgo de los más capacitados, a través de una meritocracia extraña pero estricta.

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El otro, de Thomas Tryon

The OtherEs curiosa, la historia de Thomas Tryon. Después de su paso por el Pacífico en la Segunda Guerra Mundial, cursó estudios de letras en Yale, hasta que, poco después, se estrenó, primero, como actor de teatro, y, algo más adelante, como actor de cine y televisión. En 1969, cansado de las ataduras del submundo cinematográfico, de sus tiranías, cambió de tercio y se puso principalmente a escribir, pero también a financiar proyectos ajenos (como, entre otras, la película Johnny cogió su fusil, nada menos), y a encontrarse, en definitiva, con un entorno que le era más afín, en el que podía encontrar unas libertades más estimulantes. En 1971 publicó El otro, su primera novela y diría que la más conocida, dejando a la crítica ojiplática perdida y a mí, cincuenta y pico años después, la verdad es que con ganas de más. Un talento fuera –pero totalmente fuera– de lo normal, el de Thomas Tryon.

Lo primero que vemos es una prosa excelente en una novela de terror que ya quisieran para sí muchos autores de carrera consolidada; prosa de avance escalonado, creciente, como las implicaciones de la historia narrada, con unas descripciones evocadoras, envolventes. Y es que desprende una seguridad en sí mismo, el autor, con esta escritura, que sorprende en un primer libro. El párrafo de apertura, por ejemplo, nos presenta ya una rareza que es cronológicamente posterior a los hechos principales de la novela, una voz en primera persona que no sabemos quién es. Eso ya vendrá.

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El efecto performativo de la ciencia ficción. La cf y los demás tecnoligarcas (2 de 5)

The Expanse

El principal competidor de Musk en la nueva carrera espacial privada, Jeff Bezos, parece haber tenido su principal inspiración de cf en el universo de Star Trek. Al punto de invitar gratis a subir en una de sus naves Blue Origin al protagonista de la serie de televisión original, William Shatner, que en octubre de 2021 se convirtió en el primer nonagenario en órbita, aunque fuera apenas por unos minutos. La condición de Bezos de trekkie puede ser vista como paradójica, puesto que en líneas generales se considera entre los aficionados estadounidenses que el universo Star Trek es más «liberal-demócrata» y el de Star Wars más «conservador-republicano». Desarrollar los motivos de ese etiquetado no del todo preciso (y contradicho recientemente por la serie Andor) daría para un artículo en sí.

Bezos también declaró su incondicional pasión por The Expanse, las novelas de Daniel Abraham y Ty Franck que firman conjuntamente como James S.A. Corey. Las tres primeras temporadas de su adaptación a televisión, desde 2015, fueron producidas por SyFy Channel, que la canceló en mayo 2018. Los fans de la serie recogieron 100.000 firmas y sólo dos semanas después Bezos en persona anunció en la International Space Development Conference que la serie continuaría en Prime Video, donde ha tenido otras tres temporadas. El argumento tampoco es exactamente el que cabría esperar del gusto de un magnate multimillonario, con gran protagonismo de proletarios huelguistas. Aunque, eso sí, esos pioneros del espacio retratados por la serie están muy inspirados por el individualismo del movimiento trascendentalista estadounidense: son verdaderos pioneros de frontera, desconfiados de cualquier estructura, libres e imposibles de controlar.

Quizá todavía más extraña es la predilección de Bezos por otra serie de novelas ya mencionada cuando escribí sobre Musk, La Cultura, del escocés Iain M. Banks. De los 25 libros que se destacan en la web Goodbooks como los favoritos de Jeff Bezos, diez son de La Cultura. Es decir, la serie completa.

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