Guardians of the Phoenix, de Eric Brown

Guardians of the PhoenixDescubrí a Eric Brown por un libro de cuentos de terror y ciencia ficción –el creo que aún por traducir Ghostwriting– y pronto fui a la misma librería a por más. Uno de los cuentos, de esas incursiones en el terror y la ciencia ficción tan bien soldadas, imaginaba la posibilidad de estar vivo y muerto a la vez en una unión de contrarios que haría las delicias de Octavio Paz. Al ver, pues, de lo que era capaz el autor, me puse, como digo, a buscar, y vi que en su bibliografía había una novela postapocalíptica –subgénero de mi predilección, diría– y me llevé esta Guardians of the Phoenix que es pura gracia y sorpresa y delicia sin fin.

Vamos a ver. ¿Qué tenemos por aquí? Pues una novela postapocalíptica europea, de arrasado escenario parisino, en la que vemos salvajismo y crueldad en forma de unos personajes influidos yo diría que por Cormac McCarthy y Frank Herbert. Tenemos una Europa reseca, inerte, expuesta en un subgénero comúnmente dominado por la geografía y el imaginario estadounidense, lo cual es ya un giro interesante, curioseante, para los aficionados. En ese sentido, Guardians of the Phoenix es una de las más destacables novelas, sin duda, de este siglo que avanza.

Con sus tres ejes principales: Copenhague, París y Bilbao. En la novela, o el relato, postapocalíptico, hay escenarios limitados: está el nevado, está el arrasado o quemado y ceniciento, está el de la vegetación desatada, está el inundado, y está, como el de esta novela más o menos reciente, el desertificado. Todo está cubierto de arena, ya desde una apertura que es una maravilla; y cómo llena de extrañeza y espanto la visión tan común de la torre Eiffel de París. Reimagina y por tanto resignifica un imaginario conocido, mundialmente icónico, hasta dejarlo en algo carente de significado, en un lugar donde, con suerte, encontrar unas lagartijas para comer. Murciélagos para estofar. El escenario postapocalíptico reconfigura el tópico, le da la vuelta, le arranca nuevos impulsos significantes, respeta al público lector por querer llevar las cosas un poco más allá de lo esperado, de lo ya sabido desde siempre, y amplía el alcance del género.

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El efecto performativo de la ciencia ficción. La huella en la opinión pública (4 de 5)

Hal 9000

Al igual que el pequeño Asimov, espectadores y lectores de todo el mundo han ido conformando una visión apriorística de ciertos adelantos científicos basada en obras de cf. La opinión pública está más impregnada de cf de lo que se podría imaginar: mira ahora la llegada de la IA recordando al Hal 9000 de 2001, una odisea del espacio, o a la guerra humanos-máquinas de Terminator. De hecho, la desconfianza del género viene de mucho más atrás. Recomiendo disfrutar las apenas veinte líneas de uno de los relatos más famosos de Fredric Brown.

En este apartado, de nuevo hay que citar a Isaac Asimov, que ya en 1942 enunció las tres leyes de la robótica como vehículo para contener la mayor fuerza e inteligencia potencial de las máquinas. Pese a la admiración por la otra gran obra de Asimov (Fundación) de todos los tecnoligarcas, raramente han manifestado su intención de utilizar barreras éticas similares a las tres leyes (luego cuatro) asimovianas para la IA, algo que sí ha hecho un grupo de investigadores con una ONG llamada Law Zero.

Sobre cómo la opinión pública está impregnada de la cf debo mencionar una anécdota personal. En 1996, el anuncio del nacimiento de la oveja Dolly, el primer mamífero clonado, se produjo cuando trabajaba en la sección de Sociedad de un periódico de tirada nacional. Para mi desconcierto, pese a ser entonces ya un aficionado al género, la respuesta más frecuente que produjo el anuncio fue la de preguntarse si se podría clonar a Adolf Hitler. No a Jesucristo, Albert Einstein o Marilyn Monroe, sino repetidamente Hitler. El origen de esa fijación, más allá de la ley de Godwin, que ya había sido enunciada por entonces, estaba en unas ficciones no tan populares: la novela Los niños del Brasil, de Ira Levin, que Franklin Schaffner adaptó al cine en 1978 con un estelar reparto de veteranos.

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Un lugar soleado para gente sombría, de Mariana Enríquez

Un lugar soleado para gente sombríaTras la grata impresión de Nuestra parte de noche, he tardado en regresar a Mariana Enríquez. Sin otra novela reciente que degustar, no tenía el ánimo para su manera de enfocar los relatos. Nada en contra de esa narración en primera persona a través de una mujer involucrada hasta las trancas en un deslizamiento hacia lo fantástico y la consiguiente perspectiva feminista, siempre variada respecto a la ya vista en las historias previas o la que llegará en las siguientes. Pero sí una cierta pereza ante relatos construidos más sobre la atmósfera y la sugerencia, reacios a concluir con una resolución franca. Cosas de mi estado actual frente a la lectura de cuentos, pero también una consecuencia de cómo afronto una colección, quizás sin la debida reflexión tras cada uno, con la sensación en algunos de haber sido cerrados sin terminar de perfilar su sentido.

Sin embargo, ha sido ponerme con Un lugar soleado para gente sombría y disfrutar de la lectura. Una compañera de la tertulia de Santander definía el libro como una sucesión de historias contada una noche de pijamas por gente de mediana edad con el crepúsculo de sus vidas asomándose desde el horizonte. Narraciones de terror lanzadas para proyectar algunos de los miedos más cotidianos de este momento vital: los pecados del pasado (personales, familiares, históricos), el decaimiento del cuerpo, la eterna crisis económica (Argentina)… En su mayoría cuadran el círculo de combinar todo ello sin que se sienta gratuito. Ahí encuentro los que más me han gustado.

En esa lista figura bien alto “Mis muertos tristes”, una posición refrendada por su lugar en el libro: la apertura. Con un aire a fantasmagoría, está protagonizado por una mujer que continúa en su piso después que su madre muriera de cáncer allí; su fantasma la acompaña como lo hacen los de otros muertos en una barriada popular, cercada por la precariedad y una violencia que mantiene a sus habitantes en estado de alerta. Las historias de esa vida asediada por los miedos de nuestro mundo en convivencia con los espantos del que viene después, se encadenan en un testimonio bien tramado que, además, se enhebra en un crescendo en el que no hay atisbo de resolución. Tampoco se echa en falta. En un puñado de páginas, Enríquez ha esbozado temores que ponen en solfa a los vivos y que la narradora sobrelleva con la entereza de saber que poco puede hacer para librarse, más que seguir adelante dejándose mecer por ellos.

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El efecto performativo de la ciencia ficción. Influencia en la geopolítica (3 de 5)

El problema de los tres cuerpos

Los tres volúmenes de El recuerdo del pasado de la Tierra aparecieron en China entre 2006 y 2010, se tradujeron al inglés entre 2014 y 2016, y al español entre 2016 y 2018. Netflix estrenó en 2024 una primera temporada de una adaptación, mientras que en China se hizo otra de 30 episodios un año antes.

Barack Obama, Elon Musk, Neil de Grasse Tyson, Mark Zuckerberg o George R. R. Martin están entre las innumerables celebridades que se han deshecho en elogios sobre estos volúmenes repletos de ideas originales, y que presentan, como señaló su traductor al inglés (y excelente escritor) Ken Liu, «el peor de los universos posibles».

La trilogía de Cixin Liu difícilmente tendrá un recorrido performativo a causa del núcleo de su argumento, más bien abstracto: la incognoscibilidad del universo, del que prácticamente sólo se puede decir que hostil. Un tema que ha sido tratado de forma contundente por autores de países antes comunistas (con obras maestras como Solaris o El invencible del polaco Stanislaw Lem, o Picnic junto al camino de los hermanos Strugatski, rusos), pero que siempre le ha costado manejar a la cf estadounidense, de corte por lo general más triunfalista y confiada en las posibilidades de la humanidad.

Sin embargo, la relevancia de esta trilogía va por otro camino: los protagonistas, y quienes parecen más capacitados con diferencia para dar respuesta a los retos planteados en la trama, son chinos. El futuro de El problema de los tres cuerpos está liderado por China. En la narración siempre se responde a las dificultades con una combinación de colectivismo y elección para el liderazgo de los más capacitados, a través de una meritocracia extraña pero estricta.

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El otro, de Thomas Tryon

The OtherEs curiosa, la historia de Thomas Tryon. Después de su paso por el Pacífico en la Segunda Guerra Mundial, cursó estudios de letras en Yale, hasta que, poco después, se estrenó, primero, como actor de teatro, y, algo más adelante, como actor de cine y televisión. En 1969, cansado de las ataduras del submundo cinematográfico, de sus tiranías, cambió de tercio y se puso principalmente a escribir, pero también a financiar proyectos ajenos (como, entre otras, la película Johnny cogió su fusil, nada menos), y a encontrarse, en definitiva, con un entorno que le era más afín, en el que podía encontrar unas libertades más estimulantes. En 1971 publicó El otro, su primera novela y diría que la más conocida, dejando a la crítica ojiplática perdida y a mí, cincuenta y pico años después, la verdad es que con ganas de más. Un talento fuera –pero totalmente fuera– de lo normal, el de Thomas Tryon.

Lo primero que vemos es una prosa excelente en una novela de terror que ya quisieran para sí muchos autores de carrera consolidada; prosa de avance escalonado, creciente, como las implicaciones de la historia narrada, con unas descripciones evocadoras, envolventes. Y es que desprende una seguridad en sí mismo, el autor, con esta escritura, que sorprende en un primer libro. El párrafo de apertura, por ejemplo, nos presenta ya una rareza que es cronológicamente posterior a los hechos principales de la novela, una voz en primera persona que no sabemos quién es. Eso ya vendrá.

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El efecto performativo de la ciencia ficción. La cf y los demás tecnoligarcas (2 de 5)

The Expanse

El principal competidor de Musk en la nueva carrera espacial privada, Jeff Bezos, parece haber tenido su principal inspiración de cf en el universo de Star Trek. Al punto de invitar gratis a subir en una de sus naves Blue Origin al protagonista de la serie de televisión original, William Shatner, que en octubre de 2021 se convirtió en el primer nonagenario en órbita, aunque fuera apenas por unos minutos. La condición de Bezos de trekkie puede ser vista como paradójica, puesto que en líneas generales se considera entre los aficionados estadounidenses que el universo Star Trek es más «liberal-demócrata» y el de Star Wars más «conservador-republicano». Desarrollar los motivos de ese etiquetado no del todo preciso (y contradicho recientemente por la serie Andor) daría para un artículo en sí.

Bezos también declaró su incondicional pasión por The Expanse, las novelas de Daniel Abraham y Ty Franck que firman conjuntamente como James S.A. Corey. Las tres primeras temporadas de su adaptación a televisión, desde 2015, fueron producidas por SyFy Channel, que la canceló en mayo 2018. Los fans de la serie recogieron 100.000 firmas y sólo dos semanas después Bezos en persona anunció en la International Space Development Conference que la serie continuaría en Prime Video, donde ha tenido otras tres temporadas. El argumento tampoco es exactamente el que cabría esperar del gusto de un magnate multimillonario, con gran protagonismo de proletarios huelguistas. Aunque, eso sí, esos pioneros del espacio retratados por la serie están muy inspirados por el individualismo del movimiento trascendentalista estadounidense: son verdaderos pioneros de frontera, desconfiados de cualquier estructura, libres e imposibles de controlar.

Quizá todavía más extraña es la predilección de Bezos por otra serie de novelas ya mencionada cuando escribí sobre Musk, La Cultura, del escocés Iain M. Banks. De los 25 libros que se destacan en la web Goodbooks como los favoritos de Jeff Bezos, diez son de La Cultura. Es decir, la serie completa.

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Antonio Rivas, In Memoriam

Silenus, Gorin, Txisko y Cris

La vida se expresa, casi siempre, de manera ambigua. En nuestra candidez, mantenemos la pretensión de que todo siga un orden, esperamos que los grandes sucesos nos lleguen en instantes y situaciones que estén a la altura de lo que se nos cuenta. Pero nunca es así. La noticia de la muerte de Gorin (permitidme que me refiera a él como siempre lo hice) me encuentra en el momento más cotidiano y el lugar menos ilustre, haciendo la compra en el súper, y la siento como un martillazo. Tenía aún 60 años, vivía con Marisa en Gijón y había venido a Madrid a pasar las fiestas, la famosa vuelta a casa por Navidad. Un infarto cerebral acabó con sus planes y con una vida en la que destacó su afición tanto al género fantástico como a las artes marciales. Sentía un enorme cariño por los animales, como nos mostraba a diario con sus mascotas, y tenía una enorme facilidad para socializar. Muestra de ello es el gran número de amistades que fue haciendo por el camino.

Pienso cuán difícil es eludir el lugar común en los casos de muertes prematuras, no anunciadas. Lo primero que se te ocurre es que no puede ser, que apenas tres días antes cruzaste con él las últimas palabras, que entonces estaba perfectamente, el sello de identidad de lo inesperado. Luego llega la tristeza por la pérdida, lo más jodido, y con ella un tsunami de recuerdos. De discusiones literarias en foros, de salidas nocturnas compartidas, de cervezas y risas, de anécdotas cómicas. Me viene a la memoria aquel comentario que hizo un histórico componente de la TerMa, quien muchos meses después de compartir tertulia con él en el Alameda nos decía sorprendido que no sabía que Gorin era sordo, que siempre había creído, por su forma de hablar, su aspecto y su apodo, que era ruso. En realidad, el alias bajo el que quiso que todos le conociéramos, Gorinkai, procede del japonés. Él mismo lo explica perfectamente en una de las webs que creó y que se mantiene en la red desde 1998. Quien quiera leerle hablar de sí mismo hace casi 30 años, allí puede hacerlo.

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El efecto performativo de la ciencia ficción. Exposición. Elon Musk (1 de 5)

Ciudad futurista

Toda trama de ciencia ficción tiene un componente político. Este es un aspecto que suele pasar inadvertido, incluso dentro del propio género, pero que es necesario explicar antes que nada.

La ciencia ficción (en adelante usaré las siglas cf) tiene muchos problemas para definirse, pero hay un elemento que podemos considerar común: la práctica totalidad de sus tramas se desarrollan en el futuro, aunque sea muy cercano. Y los escenarios futuros suponen la asunción de un cierto curso en los acontecimientos del presente. En ocasiones, además, para proyectar un porvenir más o menos factible, en una rama que hemos dado en llamar «literatura prospectiva». Pero también se da el caso en una simple aventura situada en un entorno espacial.

Por ejemplo: cualquier argumento escrito hoy que transcurra en la Tierra dentro de un siglo contendrá soterrada una respuesta sobre el cambio climático. Si la vida en el planeta continúa más o menos como la conocemos, el autor deberá al menos dedicar una línea a explicar cómo ha sido posible: tendrá que decir como mínimo «en un momento dado se afrontaron medidas de éxito contra el cambio climático», o bien «el cambio climático no se produjo, en contra del consenso científico». Sí, puede obviar el tema, pero si el entorno en que se desarrolla la trama mantiene una situación como la nuestra, eso también puede interpretarse sin muchas cábalas como un posicionamiento.

Doy por sobreentendido que las obras en las que el cambio climático ha devastado la Tierra, o China es la potencia hegemónica, o la humanidad se ha expandido por el espacio reproduciendo nuestro modelo capitalista sin necesidad de variantes, o la reducción de las vacunaciones ha provocado pandemias, o las megacorporaciones han derribado a los gobiernos como principales actores internacionales… En todas ellas se manifiestan, evidentemente, especulaciones de carácter político, considerando que en el mundo de hoy casi cualquier cosa (incluso obviedades del ayer como la necesaria calidad de la educación o la sanidad públicas) conlleva un posicionamiento político.

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Día de la Ascensión, de Adrian Tchaikovsky

Día de la ascensiónEl ritmo al que Adrian Tchaikovsky escribe/publica es llamativo. Si no llega a la altura de Brandon Sanderson, algún año su cadencia de producción no le anda a la zaga. Esto y su gusto por el universo Warhammer hizo a The Black Library proponerle su participación en la franquicia; primero en la vertiente de cf y después en la de fantasía. Hasta la fecha ha escrito varias historias cortas y dos novelas: Día de la Ascensión (2022) y Starseer’s Ruin (2025), La primera acaba de aparecer en España a través de Minotauro y ofrece elementos de interés tanto para los fans de Warhammer 40K como los fans de sus series de los Herederos y los Arquitectos. Desde las entrañas de la franquicia le da una vuelta a parte de su recetario. El grupo social que ha perdido su pasado y lo interpreta en base a las capas legendarias a su alrededor; el encuentro entre inteligencias diferentes y el conflicto entre distintas concepciones de universo; la lucha por la “libertad” de los oprimidos, se trasladan hasta este tenebroso imperio del millón de mundos. Unos dominios donde la voluntad del emperador-dios es ley pero las dimensiones son tan vastas, inabarcables, que los sátrapas disponen de sus reinos de taifas sin que sus caprichos se noten, siempre que cumplan con sus obligaciones.

Esto es lo que sucede en Morod, un mundo forja donde la población está atada a las minas y las fábricas que alimentan la economía y las guerras del Imperio. Su ganancia, aparte de la manutención, está en morir tras el variado repertorio de mutaciones a las que les expone el entorno. O, si eres joven, ser reclutado para los ejércitos del emperador y servirle durante unos lustros. En el caso de Morod aproximadamente tres lustros, tiempo que, de vivir para contarlo, te permite regresar. Ese momento es el que da inicio a Día de la Ascensión, entre otras cosas que descubre el argumento, la jornada en la cual el reemplazo superviviente de la tecnoguardia skitarii retorna a Morod y es reemplazado por la sangre nueva que es entregado al servicio del Imperio.

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Tourbillon. Una fantasía veneciana, de José Ramón Vázquez

TourbillonEntre la ucronía con trazas steampunk de Danza de tinieblas y las intrigas palaciegas a lo Assassin’s Creed 2, José Ramón Vázquez escribe en Tourbillon una historia de capa y espada en la Venecia de finales del siglo XV, un momento donde el poder de la serenísima república comenzaba a tambalearse después de la toma de Constantinopla. A esta inestabilidad contribuyó el avispero en que se estaba convirtiendo la Europa del renacimiento, algo de lo cual se sirve Vázquez para situar en la trama una serie de personajes con una misión: liberar a un Leonardo DaVinci en manos del Dogo, esclavizado para ayudarle a mantener la hegemonía en el Mediterráneo. Este es el objetivo de un grupo de almogávares transportados hasta la ciudad por Vicente Yáñez Pinzón.

La presencia de uno de los Pinzones y de DaVinci ya pone sobre aviso de uno de los recursos centrales de Vázquez para construir su ucronía: el uso de personalidades como parte de la trama. Venecia es una encrucijada donde lo histórico se retuerce para tejer un escenario cercano al que pudo ser, pero con el suficiente espacio libre para sorprender al lector. No tanto en cómo ha cambiado su mundo respecto al nuestro, algo que el narrador omnisciente presenta de unos brochazos en las primeras páginas, como por quiénes confluyen en los canales y palacios de la ciudad, la tecnología que aparece (grandes golems mecánicos, una máquina voladora de DaVinci) y ciertos detalles a los que la trama da particular importancia, como el mantenimiento del cisma de Avignon, con unas consecuencias religiosas y, sobre todo, geopolíticas que anticipan nuestros siglos XVI y XVII.

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